Con motivo de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, hemos podido ver cómo los distintos vestidores de Imágenes marianas en Cantillana han ataviado a la Virgen con los colores celeste y blanco, símbolos de su pureza.
El uso del azul, aunque no es un color litúrgico general, tiene en España un origen histórico pues se utiliza en España debido a un privilegio especial concedido a nuestro país en el siglo XIX por la ancestral defensa que nuestro país hizo del dogma de la Inmaculada Concepción. Su uso resulta muy anterior a la misma proclamación del dogma en 1854 por parte de Pío IX, pues se comenzaría a utilizar en Sevilla al menos a raíz de la polémica entre maculistas e Inmaculistas en el siglo XVII. El primer reconocimiento de la posibilidad de usar este color tendría lugar en 1817, cuando Pío VII concedió su uso a la catedral de Sevilla para la fiesta de la Inmaculada y su octava.
Y con estas premisas, es muy común en nuestras hermandades ataviar a sus titulares mariana con estos colores. La primera Imagen de la Virgen que se mostró vestida para el Adviento en Cantillana fue Nuestra Señora del Consuelo. La priostía, en manos del vestidor Antonio Sanabria, presentó a su titular mariana ataviada con una saya granate bordada, manto de terciopelo azul oscuro y toca de sobremanto de encaje blanco, destacando su rostro con un tocado de mantilla beige con aire alegre. Además, se podía leer su advocación en el pecho acompañado de varias joyas.
Posteriormente, la Patrona se mostraba en su camarín respetando el negro característico de su advocación, pero incorporando un toque inmaculista con el fajín de hebrea de varios colores. La Virgen de la Soledad luce así en estos días la saya negra bordada en oro de principios del siglo XX y el manto de terciopelo negro bordado en oro de la década de 1960. Su vestidor, José Naranjo Ferrari, completó el conjunto con la corona de plata y puñal.
La Hermandad Sacramental también quiso presentar a María de manera especial con motivo de las fiestas, coincidiendo con el 54 aniversario de su bendición. Bajo las manos de su prioste y vestidor, Antonio Payán, Santa María de la Caridad fue ataviada con saya de raso rosa bordada con canutillo y manto azul oscuro. Su rostro quedaba enmarcado por un tocado de tul luciendo su nombre en el pecho, siendo acompañada de un fajín de hebrea en tonos azules, toca de sobremanto y la corona de plata del año 2002.
En definitiva, María como “Virgen de la Dulce Espera” nos invita a prepararnos con el corazón abierto para la llegada del Niño Jesús, recordándonos que cada detalle, cada gesto y cada tradición tiene un significado profundo que va más allá de lo visible.




