En esta ocasión, el Señor se presenta con la túnica de bordados otomanos sobre terciopelo rojo del siglo XIX, una pieza de gran riqueza textil que realza la elegancia y la unción de la sagrada imagen. Porta potencias de plata sobredorada del siglo XVIII, que enmarcan su divino semblante con sobria majestuosidad, así como corona de espinas dorada.
Especial mención merece su característica cruz de carey, que este año sostiene en posición vertical, aportando una estampa de especial fuerza simbólica y catequética, subrayando la aceptación plena del sacrificio redentor.
El altar de cultos se presenta con una composición de notable belleza. A los laterales del Señor se sitúan los ángeles mancebos pasionistas que cada Madrugá del Viernes Santo acompañan al Nazareno en su paso procesional, reforzando así el vínculo entre el culto interno y la estación de penitencia. Junto a ellos, destaca también la presencia de una imagen de la Virgen Inmaculada, completando un discurso iconográfico de profundo contenido teológico.
Especial significado adquieren los dos cirios votivos dedicados uno a los donantes de sangre, órganos y médula y otro a los enfermos de cáncer, en reconocimiento a esta acción solidaria con la que la Hermandad colabora activamente. Un gesto que une caridad y fe, recordando que el amor al prójimo es expresión viva del Evangelio.
El exorno floral se compone de rosas moradas, antirrinos rojos y clavel antiguo, una combinación que armoniza con los tonos del montaje y refuerza el carácter penitencial del Quinario, aportando al conjunto un equilibrio entre sobriedad y solemnidad.
Un altar que, en definitiva, no solo enmarca la imagen del Nazareno, sino que invita a la oración pausada ante Aquel que carga con la Cruz por amor.




















